Tiembla Maradona. Grita, llora, se estremece. Le tiende los brazos a Mancuso, palmea a Lemme, se funde en un abrazo interminable con Bilardo, ese Bilardo que presenció el parto desde el túnel, encapuchado como un monje, como un gurú. No tiene voz, casi, Maradona, pero con el hilo que le queda, putea y se descarga. “Que la chupen ahora, que la chupen y la sigan chupando”. Está descontrolado, un Maradona auténtico que goza porque su equipo, a veces incluso a pesar de algunas decisiones...